"¿Quién será ahora?", pensó.
Se había acostumbrado a escribir en el sofá. Había plantado sus pies sin zapatillas encima. ¡Se había quitado las zapatillas!. Se había acomodado, puesto pancha, pensando que ya no se iba a levantar. No quería abrir la puerta.
Ya no pensaba en cómo convertir en gominolas las pelusas y las migas que echaba la planta de la vecina de arriba. Definitivamente, lo estaba dejando.
Se levantó, tiró su cuaderno con garabatos, flechas y bigotes encima de la mesa con colillas y abrió la puerta.
Un simple tock, tock.
¿Y si la vecina planta un caramelo?
"Gracias por tocar la puerta"
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