jueves, 10 de septiembre de 2009

Los olivos

Ellos. Los olivos. Nacen en la tierra reseca de los campos sureños rodeados de mierda destilada, sus raíces son colmillos de vampiro que penetran por el cuello de la tierra, intentan llegar a lo más hondo para chupar, hasta casi quedarse sin aire, la mayor cantidad de sangre posible. Lo hacen por necesidad, para hidratar y nutrir su preciado tronco, y por vicio, para moverse al son del viento de poniente, de levante y del sur, pues todo viento es bueno para echar unos bailes, para sentirse bien desde lo más alto hasta lo más bajo de su ser y para regar sus enormes gargantas de ronca voz.

El vicio, a veces sentado en el estrado, acusado de ser el culpable de inmensas alucinaciones que hacen que el olivo crezca y se sienta tan fuerte, duro y sabio como un roble, pero también de ser la causa de las noches de lujuria en las que las margaritas sacan brillo a su fruto sin apenas tocarlo, como por arte de magia, con una suave y lenta caricia.
Resina viscosa mezclada con tinto vino y cebada manipulada corren por las venas de estos árboles. Tienen la manía de sentarse en la hierba los domingos por la tarde para ver como los pequeños tréboles galácticos juegan con un desafortunado ciempiés a pasárselo de un lado a otro, sin meter ningún gol y sin equipo contrario. Nadie quiere jugar con los tréboles de tres hojas, se piensan que tienen cinco, al igual que puntas una estrella, y lo único que hacen en vez de brillar es vomitar protagonismo.

Desde que el olivo es pequeño sólo piensa en su fruto, aunque hay algunos que prefieren vivir y disfrutar, sentarse en alguna piedra y pensar sobre la vida del gusano de pana y la mariposa de cuero, pero esos son los menos.

La Aceituna. Que bien que les suena a los olivos, la Aceituna. Pueden tener miles pero una es la que da el aceite más preciado, una es la que se dora ante el sol, una es La Aceituna, la que cuando cae provoca grandes rugidos en los olivos. La que avisa al árbol de lo poco que le queda de vida, la que se mustia sin caerse a la tierra seca, aunque se caiga, a no ser que ingiera algún producto químico, no podrá notar en su verde piel las hojas de las margaritas.

Pequeñas y grandes, blandas o duras, cualquiera de ellas al ser exprimidas expulsan ese desconcertante aceite tan rico para los estómagos de algunos y tan odiado por los paladares de otras.

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